viernes, 27 de mayo de 2011

7 - Heladería

En el fregadero estaba su plato sucio, esperando a que lo lavara yo. Como si después de trabajar quisiera ponerme a lavar platos, aunque solo fuera uno, ¡que él no había hecho nada durante todo el día! Me comí la ensalada, que aunque estuviera muy sosa tenía el hambre suficiente como para no notarlo demasiado, y añadí mi plato a la cola para el lavado. Me cepillé los dientes y me eché una siesta.

- Eva – me sacudió pero le ignoré. – Evaaaa…
- Mmmm…
- ¡Eva! – insistía.
- Quéeee – murmuré sin abrir los ojos.
- Un tal Neo te ha llamado unas cuantas veces, pero como lo tenías en silencio no me he enterado hasta ahora – me dejó el móvil en la mesita de noche. Abrí los ojos rápidamente y vi que el reloj marcaba las seis y media.
- ¡Mierda! – me levanté y me puse los zapatos. “Llamando”.
- ¿Dónde vas? ¿Qué pasa? – me seguía por casa.
- ¡Llego tarde!
- ¿Pero dónde? ¿Y quién es?
- Es… es… - “Número no disponible” - … es un antiguo compañero de clase – cogí las llaves, que las había dejado en la mesa de la entrada al volver, y las metí en el bolso.
- ¿Y desde cuándo quedas con él?
- Pues hace unos días nos encontramos y mira, hemos quedado para charlar y esas cosas.
- Ah, ¿y no me lo ibas a decir o qué?
- Pero si al llegar estabas dormido, y luego me he puesto a dormir yo, ¿cuándo querías que te lo dijera?
- Bueno es igual. ¿Dónde te espera? – su cara era un verdadero poema.
- Aquí abajo supongo.
- ¡Ah! ¿Pero sabe dónde vives? – abrió los ojos desmesuradamente.
- Hugo por favor, ¿quieres tranquilizarte? No es un violador, puede saber perfectamente dónde vivo, madre mía, ni que nadie pudiera saberlo. Relájate – le di un beso. – Venga, nos vemos luego.
- Adiós…

Sé que no se quedó nada tranquilo cuando marché, y también sé que nos estuvo observando por la ventana cuando nos saludamos. En el fondo me hacía gracia, aunque ahora cuando lo pienso me doy cuenta de que no confiaba en mí.

En el Audi me sentía protegida, aunque Neo tuviera la mala costumbre de correr demasiado.

- ¿Qué? ¿No me vas a decir nada?- preguntó cuando cerró su puerta del coche.
- Lo siento – dejé el bolso en los asientos traseros.
- ¿Y ya está? Vaya… me esperaba algo más emotivo – miró el reloj. – Media hora, ¿eh? Casi tres cuartos…
- Venga, hombre… No será la primera vez que te dejan plantado, ¿no?
- ¡En la vida! Siempre soy yo el que llega tarde o el que da plantón.
- Ah, qué bonito. Pues te lo mereces. Aunque en el fondo no te he dejado plantado, solo he venido algo más tarde de lo acordado. Pero te lo mereces igualmente, por todas esas chicas que has dejado esperando.
- Vamos, que no me explicarás por qué has tardado tanto, ¿no?
- Me he quedado dormida.
- Venga ya.

Se puso a reír de una forma descarada, y se rió tanto que acabó soltando alguna lagrimilla. Con su mano derecha me dio unos golpecitos en el muslo izquierdo y arrancó. No le pregunté ni dónde íbamos ni qué haríamos, porque en el fondo no me importaba. Aunque me sintiese mal por estar dejando de lado a Hugo, me gustaba pasar el rato con Neo,  así que no me lo planteé demasiado.

- ¿Dónde vamos? – me preguntó.
- Ah, ¿no habías pensado nada? Siempre lo tienes todo calculado.
- Yo sé dónde voy, pero ¿y tú?
- ¡Yo qué voy a saber si tú no me lo dices!
-Ah, no sé, ¿las mujeres no teníais un sexto sentido o algo así para adivinar cosas? – sonrió de forma pícara.
- Espero que con eso no me estés llamando bruja.
- Ala cómo te pasas.

Bajamos del coche al cabo de diez minutos y acabamos en una heladería. Cuando vi por donde me llevaba entendí lo que estaba haciendo: quería que recordáramos nuestras salidas como amigos cuando íbamos al instituto. Siempre quedábamos para ir al centro y tomarnos un helado en una heladería que nos había visto crecer. En cuanto acabó el instituto dejé de ir. De hecho la única razón que me había hecho volver durante esos años era que iba con él y unos cuantos amigos más, ya que nunca me habría atrevido a ir sola. Demasiados recuerdos para recordar sola.

- ¿De qué lo quieres?
- No sé – me encontré mirando el aparador de helados con las manos en el cristal. – De… de… leche merengada…
- ¿Leche merengada? – preguntó para que se lo confirmara.
- No, no, no. Tiramisú.
- Tiramisú…
- No, no, no, ¡no! De limón.
- Ehem... de limón...
- No, no, espera, ¡espera! De...
- ¿Me estás tomando el pelo? – sonrió.
- No… es que… no sé de qué lo quiero. Me gustan tantos… ¿tú de qué te lo pides?
- Pues yo…
- ¡Ah ya sé! – le corté. – Me lo pido de stracciatella. Sí, sí, sí.
- Bueeno, – miró a la dependienta- pues uno de stracciatella y otro de vainilla con trocitos de chocolate.
- ¡Es verdad! Que también hay de vainilla con trocitos de chocolate… Anda pues quizá… - miré a Neo y me lo encontré enviándome una mirada asesina.
- Vale, vale… me quedo con mi stracciatella… pero me darás un poco de vainilla, ¿verdad?

No nos quedamos dentro de la heladería, y se lo agradecí en silencio. No quería rememorar todas las tardes que había pasado allí dentro años atrás, aunque hubieran sido las mejores tardes de mi vida, en las que no te planteabas nada e ibas allí para reír y olvidarte de los problemas que entonces parecían ser de vida o muerte. 
Acabamos sentándonos en un banco frente la catedral. Eran las ocho pero aún nos daba un poco el sol. 

1 comentario:

  1. Hola, me llamo Lucía y hoy he descubierto tu blog rebuscando por ahí, y me lo he leído del tirón. La historia con Neo está muy que muy interesante, estoy deseando saber qué pasará en este triángulo amoroso. Escribe pronto!! Pásate por mi blog cuando quieras, un saludo!

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