lunes, 16 de mayo de 2011

6.2 - Mamá

- ¡Adiós, Eva! Que tengas un buen fin de semana – gritó unos metros más allá, montado en su bici.
- Igualmente, Samuel. Si pasa algo, ya sabes – contesté tan rápido como me deshice de la mano de Neo. Le miré. - ¿Qué coño haces?
- Lo siento. ¿Vienes? – señaló con la cabeza el Audi.
- No, me voy a mi casa. Pero si quieres quedamos esta tarde – dije sin pensarlo.
- ¡Vaya! Qué ilusión que hayas sido tú la que lo ha dicho. ¡Pues claro que quiero! Yo no desperdicio una oportunidad como esta. Te vendré a buscar a las seis. Iremos a tomar algo a un bar de por allí y hablareeeeeeeeemos como hablamos el miércoles, ¿eh?

Me puse el casco y marché. “Qué cabrón”, pensé después de que me recordara lo del miércoles. Ese día fuimos a comer juntos después de que me viniera a buscar al salir, y luego estuvimos hablando sobre todo el tiempo en el que no nos habíamos visto. Le conté cómo empecé a salir con Hugo, cómo era, de qué trabajaba, etc. Él tan solo me dijo que durante estos años se había dedicado a estudiar para sacar adelante el hotel de sus padres. La verdad es que ni recordaba que me hubiera mencionado un hotel antes, pero hice ver que sabía de qué hablaba, y pareció que fue la decisión correcta. Entonces me explicó el porqué de su repentino interés por el hotel, aunque luego acabáramos hablando de mí.

- Cuando hacíamos bachillerato ni me planteé lo del hotel, ¿sabes? De eso se tenía que encargar mi hermana, a ella le gustaba, y yo quería ser jugador profesional de balonmano, ¿recuerdas?
- Como para no recordarlo. Estabas todo el día contándome los partidos y enseñándome musculito.
- Si quieres vuelvo a hacerlo – movió las cejas e hizo un intento de arremangarse.
- No creo que superes nunca a Hugo en eso – sentencié.
- Te harías cruces – le cambió la cara como si ese comentario no le hubiera gustado. – Pues le diagnosticaron un cáncer.
- ¿Eh? ¿A quién? – de pronto no supe de qué me hablaba.
- A mi hermana – sonrió un poco. – Cuando terminé bachillerato fue cuando decidí encargarme del hotel. Al principio la idea no me sedujo nada, pero luego le fui cogiendo el truquillo y, qué quieres que te diga, si el hotel va a ser mío…
- ¿Y tu hermana?
- Murió hará cuatro años.
- Lo siento mucho.
- Yo también siento lo de tu madre – dijo, llevándose el vaso con Coca-Cola a la boca.
- ¿Cómo lo sabes?
- Estuve hablando con María, ¿sabes? La que iba con nosotros al cole.
- Ah, ya, tu “novieta” del instituto – dije con un tono que me sorprendió hasta mí, ya que guardaba un poco de rencor y envidia.
- Vaya… ¿te fastidia que hable con ella también? – arqueó las cejas.
- ¿Quieres acostumbrarte a responderme directamente sin hacer estos comentarios absurdos? – arqueé yo también las cejas.
- Pues sí, mi “novieta”, como dices tú, del instituto. Ahora está casada, y no conmigo precisamente – se puso a reír. – Pero vaya, que me dijo que tu madre había fallecido hacía un año. También de cáncer. Parece que nos persiguen.
- No sé cómo se habrá enterado, pero sí. Pero bueno, cosas de la vida, supongo. Ahora estás muy bien, y mañana a ver qué pasa – intenté no llorar, porque el tema de mi madre era un tema demasiado delicado para mí.
- ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? Creo que te irá bien que te dé el aire.
- Sí, gracias.
 
Fue un gran detalle por su parte, pero debo reconocer que su curiosidad y sus ansias de saber hasta dónde podía llegar mi capacidad de aguante hicieron que insistiera en que le contara la historia de mi madre. Yo acepté porque solo lo había hablado con Hugo, y eso que nunca puso demasiado interés en ello.

- No sé qué cara tiene mi padre. No sé si me parezco a él… no lo sé – dije.
- No lo llegaste a conocer, supongo, ¿no?
- Se ve que sí que lo conocí, pero ni me acuerdo. Se marchó cuando cumplí los tres años. Y mi madre se encargó de recortar y quemar las fotos en las que salía. Ahora mismo mi padre no existiría si no fuera porque es imposible concebir un niño sin la ayuda de un macho – sonreí para que entendiera que había hecho apropósito el haber escogido esa palabra para definir a mi padre. – Y ya te digo que mi madre no conoció nunca al Espíritu Santo.
- ¿Y por qué se fue?
- Nunca me lo contó nadie. Pero, ya sabes, haciendo remakes ahora a partir de lo que recuerdo de pequeña puedo suponer que se metió en el mundo de la droga, y mi madre cuando se enteró lo echó de casa.
- Vaya.
- Que se joda. Por su culpa hizo mucho daño a mi madre. Y se metió allí porque él quiso, no porque no le quedara otra. Pero mi madre siempre ha tenido las ideas muy claras...
- ¿Como tú?
- Yo como ella. Aunque no te creas, tengo cada lío aquí metido…
- Y entonces ella te subió sola.
- Bueno la yaya siempre ayudó mucho – sonreí al recordarla. – Era más alegre… siempre ponía de buen humor a mi madre… le recordaba lo genial que era y que debía seguir adelante por mí.
- ¿Y no tienes tíos ni nada?
- No.
- Ni abuelos, primos segundos…
- No.
- ¿No tienes familia? – insistió.
- Joder, ¡que no! – se me escapó una pequeña lágrima.
- Mierda, lo he vuelto a hacer – me cogió una mano.
- Déjame.
- ¡Cómo te voy a dejar si te estás poniendo a llorar por mi culpa!

Lloré aún más, y cuando lo vio me abrazó. Rompí a llorar y a gritar contra su pecho mientras notaba su respiración y sus latidos. Hugo resultaba más blandito para apoyarse, pero Neo me aportaba mucha más seguridad.

- ¡Joder! Mi madre era lo único que tenía, ¿entiendes? – dije cuando me separé de él durante un instante. – Y un maldito cáncer se la llevó. Pareció que lo había superado, pero no. Si no llega a ser por Hugo no sé lo que habría hecho.
- Hugo… - suspiró.

Llegué a casa. Hugo estaba sentado en el sofá medio dormido. Encima de la mesa había una ensalada de las suyas, con más lechuga que otra cosa.

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