viernes, 27 de mayo de 2011

7 - Heladería

En el fregadero estaba su plato sucio, esperando a que lo lavara yo. Como si después de trabajar quisiera ponerme a lavar platos, aunque solo fuera uno, ¡que él no había hecho nada durante todo el día! Me comí la ensalada, que aunque estuviera muy sosa tenía el hambre suficiente como para no notarlo demasiado, y añadí mi plato a la cola para el lavado. Me cepillé los dientes y me eché una siesta.

- Eva – me sacudió pero le ignoré. – Evaaaa…
- Mmmm…
- ¡Eva! – insistía.
- Quéeee – murmuré sin abrir los ojos.
- Un tal Neo te ha llamado unas cuantas veces, pero como lo tenías en silencio no me he enterado hasta ahora – me dejó el móvil en la mesita de noche. Abrí los ojos rápidamente y vi que el reloj marcaba las seis y media.
- ¡Mierda! – me levanté y me puse los zapatos. “Llamando”.
- ¿Dónde vas? ¿Qué pasa? – me seguía por casa.
- ¡Llego tarde!
- ¿Pero dónde? ¿Y quién es?
- Es… es… - “Número no disponible” - … es un antiguo compañero de clase – cogí las llaves, que las había dejado en la mesa de la entrada al volver, y las metí en el bolso.
- ¿Y desde cuándo quedas con él?
- Pues hace unos días nos encontramos y mira, hemos quedado para charlar y esas cosas.
- Ah, ¿y no me lo ibas a decir o qué?
- Pero si al llegar estabas dormido, y luego me he puesto a dormir yo, ¿cuándo querías que te lo dijera?
- Bueno es igual. ¿Dónde te espera? – su cara era un verdadero poema.
- Aquí abajo supongo.
- ¡Ah! ¿Pero sabe dónde vives? – abrió los ojos desmesuradamente.
- Hugo por favor, ¿quieres tranquilizarte? No es un violador, puede saber perfectamente dónde vivo, madre mía, ni que nadie pudiera saberlo. Relájate – le di un beso. – Venga, nos vemos luego.
- Adiós…

Sé que no se quedó nada tranquilo cuando marché, y también sé que nos estuvo observando por la ventana cuando nos saludamos. En el fondo me hacía gracia, aunque ahora cuando lo pienso me doy cuenta de que no confiaba en mí.

En el Audi me sentía protegida, aunque Neo tuviera la mala costumbre de correr demasiado.

- ¿Qué? ¿No me vas a decir nada?- preguntó cuando cerró su puerta del coche.
- Lo siento – dejé el bolso en los asientos traseros.
- ¿Y ya está? Vaya… me esperaba algo más emotivo – miró el reloj. – Media hora, ¿eh? Casi tres cuartos…
- Venga, hombre… No será la primera vez que te dejan plantado, ¿no?
- ¡En la vida! Siempre soy yo el que llega tarde o el que da plantón.
- Ah, qué bonito. Pues te lo mereces. Aunque en el fondo no te he dejado plantado, solo he venido algo más tarde de lo acordado. Pero te lo mereces igualmente, por todas esas chicas que has dejado esperando.
- Vamos, que no me explicarás por qué has tardado tanto, ¿no?
- Me he quedado dormida.
- Venga ya.

Se puso a reír de una forma descarada, y se rió tanto que acabó soltando alguna lagrimilla. Con su mano derecha me dio unos golpecitos en el muslo izquierdo y arrancó. No le pregunté ni dónde íbamos ni qué haríamos, porque en el fondo no me importaba. Aunque me sintiese mal por estar dejando de lado a Hugo, me gustaba pasar el rato con Neo,  así que no me lo planteé demasiado.

- ¿Dónde vamos? – me preguntó.
- Ah, ¿no habías pensado nada? Siempre lo tienes todo calculado.
- Yo sé dónde voy, pero ¿y tú?
- ¡Yo qué voy a saber si tú no me lo dices!
-Ah, no sé, ¿las mujeres no teníais un sexto sentido o algo así para adivinar cosas? – sonrió de forma pícara.
- Espero que con eso no me estés llamando bruja.
- Ala cómo te pasas.

Bajamos del coche al cabo de diez minutos y acabamos en una heladería. Cuando vi por donde me llevaba entendí lo que estaba haciendo: quería que recordáramos nuestras salidas como amigos cuando íbamos al instituto. Siempre quedábamos para ir al centro y tomarnos un helado en una heladería que nos había visto crecer. En cuanto acabó el instituto dejé de ir. De hecho la única razón que me había hecho volver durante esos años era que iba con él y unos cuantos amigos más, ya que nunca me habría atrevido a ir sola. Demasiados recuerdos para recordar sola.

- ¿De qué lo quieres?
- No sé – me encontré mirando el aparador de helados con las manos en el cristal. – De… de… leche merengada…
- ¿Leche merengada? – preguntó para que se lo confirmara.
- No, no, no. Tiramisú.
- Tiramisú…
- No, no, no, ¡no! De limón.
- Ehem... de limón...
- No, no, espera, ¡espera! De...
- ¿Me estás tomando el pelo? – sonrió.
- No… es que… no sé de qué lo quiero. Me gustan tantos… ¿tú de qué te lo pides?
- Pues yo…
- ¡Ah ya sé! – le corté. – Me lo pido de stracciatella. Sí, sí, sí.
- Bueeno, – miró a la dependienta- pues uno de stracciatella y otro de vainilla con trocitos de chocolate.
- ¡Es verdad! Que también hay de vainilla con trocitos de chocolate… Anda pues quizá… - miré a Neo y me lo encontré enviándome una mirada asesina.
- Vale, vale… me quedo con mi stracciatella… pero me darás un poco de vainilla, ¿verdad?

No nos quedamos dentro de la heladería, y se lo agradecí en silencio. No quería rememorar todas las tardes que había pasado allí dentro años atrás, aunque hubieran sido las mejores tardes de mi vida, en las que no te planteabas nada e ibas allí para reír y olvidarte de los problemas que entonces parecían ser de vida o muerte. 
Acabamos sentándonos en un banco frente la catedral. Eran las ocho pero aún nos daba un poco el sol. 

lunes, 16 de mayo de 2011

6.2 - Mamá

- ¡Adiós, Eva! Que tengas un buen fin de semana – gritó unos metros más allá, montado en su bici.
- Igualmente, Samuel. Si pasa algo, ya sabes – contesté tan rápido como me deshice de la mano de Neo. Le miré. - ¿Qué coño haces?
- Lo siento. ¿Vienes? – señaló con la cabeza el Audi.
- No, me voy a mi casa. Pero si quieres quedamos esta tarde – dije sin pensarlo.
- ¡Vaya! Qué ilusión que hayas sido tú la que lo ha dicho. ¡Pues claro que quiero! Yo no desperdicio una oportunidad como esta. Te vendré a buscar a las seis. Iremos a tomar algo a un bar de por allí y hablareeeeeeeeemos como hablamos el miércoles, ¿eh?

Me puse el casco y marché. “Qué cabrón”, pensé después de que me recordara lo del miércoles. Ese día fuimos a comer juntos después de que me viniera a buscar al salir, y luego estuvimos hablando sobre todo el tiempo en el que no nos habíamos visto. Le conté cómo empecé a salir con Hugo, cómo era, de qué trabajaba, etc. Él tan solo me dijo que durante estos años se había dedicado a estudiar para sacar adelante el hotel de sus padres. La verdad es que ni recordaba que me hubiera mencionado un hotel antes, pero hice ver que sabía de qué hablaba, y pareció que fue la decisión correcta. Entonces me explicó el porqué de su repentino interés por el hotel, aunque luego acabáramos hablando de mí.

- Cuando hacíamos bachillerato ni me planteé lo del hotel, ¿sabes? De eso se tenía que encargar mi hermana, a ella le gustaba, y yo quería ser jugador profesional de balonmano, ¿recuerdas?
- Como para no recordarlo. Estabas todo el día contándome los partidos y enseñándome musculito.
- Si quieres vuelvo a hacerlo – movió las cejas e hizo un intento de arremangarse.
- No creo que superes nunca a Hugo en eso – sentencié.
- Te harías cruces – le cambió la cara como si ese comentario no le hubiera gustado. – Pues le diagnosticaron un cáncer.
- ¿Eh? ¿A quién? – de pronto no supe de qué me hablaba.
- A mi hermana – sonrió un poco. – Cuando terminé bachillerato fue cuando decidí encargarme del hotel. Al principio la idea no me sedujo nada, pero luego le fui cogiendo el truquillo y, qué quieres que te diga, si el hotel va a ser mío…
- ¿Y tu hermana?
- Murió hará cuatro años.
- Lo siento mucho.
- Yo también siento lo de tu madre – dijo, llevándose el vaso con Coca-Cola a la boca.
- ¿Cómo lo sabes?
- Estuve hablando con María, ¿sabes? La que iba con nosotros al cole.
- Ah, ya, tu “novieta” del instituto – dije con un tono que me sorprendió hasta mí, ya que guardaba un poco de rencor y envidia.
- Vaya… ¿te fastidia que hable con ella también? – arqueó las cejas.
- ¿Quieres acostumbrarte a responderme directamente sin hacer estos comentarios absurdos? – arqueé yo también las cejas.
- Pues sí, mi “novieta”, como dices tú, del instituto. Ahora está casada, y no conmigo precisamente – se puso a reír. – Pero vaya, que me dijo que tu madre había fallecido hacía un año. También de cáncer. Parece que nos persiguen.
- No sé cómo se habrá enterado, pero sí. Pero bueno, cosas de la vida, supongo. Ahora estás muy bien, y mañana a ver qué pasa – intenté no llorar, porque el tema de mi madre era un tema demasiado delicado para mí.
- ¿Quieres que vayamos a dar una vuelta? Creo que te irá bien que te dé el aire.
- Sí, gracias.
 
Fue un gran detalle por su parte, pero debo reconocer que su curiosidad y sus ansias de saber hasta dónde podía llegar mi capacidad de aguante hicieron que insistiera en que le contara la historia de mi madre. Yo acepté porque solo lo había hablado con Hugo, y eso que nunca puso demasiado interés en ello.

- No sé qué cara tiene mi padre. No sé si me parezco a él… no lo sé – dije.
- No lo llegaste a conocer, supongo, ¿no?
- Se ve que sí que lo conocí, pero ni me acuerdo. Se marchó cuando cumplí los tres años. Y mi madre se encargó de recortar y quemar las fotos en las que salía. Ahora mismo mi padre no existiría si no fuera porque es imposible concebir un niño sin la ayuda de un macho – sonreí para que entendiera que había hecho apropósito el haber escogido esa palabra para definir a mi padre. – Y ya te digo que mi madre no conoció nunca al Espíritu Santo.
- ¿Y por qué se fue?
- Nunca me lo contó nadie. Pero, ya sabes, haciendo remakes ahora a partir de lo que recuerdo de pequeña puedo suponer que se metió en el mundo de la droga, y mi madre cuando se enteró lo echó de casa.
- Vaya.
- Que se joda. Por su culpa hizo mucho daño a mi madre. Y se metió allí porque él quiso, no porque no le quedara otra. Pero mi madre siempre ha tenido las ideas muy claras...
- ¿Como tú?
- Yo como ella. Aunque no te creas, tengo cada lío aquí metido…
- Y entonces ella te subió sola.
- Bueno la yaya siempre ayudó mucho – sonreí al recordarla. – Era más alegre… siempre ponía de buen humor a mi madre… le recordaba lo genial que era y que debía seguir adelante por mí.
- ¿Y no tienes tíos ni nada?
- No.
- Ni abuelos, primos segundos…
- No.
- ¿No tienes familia? – insistió.
- Joder, ¡que no! – se me escapó una pequeña lágrima.
- Mierda, lo he vuelto a hacer – me cogió una mano.
- Déjame.
- ¡Cómo te voy a dejar si te estás poniendo a llorar por mi culpa!

Lloré aún más, y cuando lo vio me abrazó. Rompí a llorar y a gritar contra su pecho mientras notaba su respiración y sus latidos. Hugo resultaba más blandito para apoyarse, pero Neo me aportaba mucha más seguridad.

- ¡Joder! Mi madre era lo único que tenía, ¿entiendes? – dije cuando me separé de él durante un instante. – Y un maldito cáncer se la llevó. Pareció que lo había superado, pero no. Si no llega a ser por Hugo no sé lo que habría hecho.
- Hugo… - suspiró.

Llegué a casa. Hugo estaba sentado en el sofá medio dormido. Encima de la mesa había una ensalada de las suyas, con más lechuga que otra cosa.

sábado, 7 de mayo de 2011

6.1 - Aproximación

- Pues no sé qué preguntaros… ¿ya sabéis qué querréis estudiar después del bachillerato? – dije, aunque no obtuve ni una respuesta. – Vaya… bueno, a ver si el lunes mantenemos un poco más de conversación… Será que es el primer día y no tenéis ganas de empezar…
- ¿Puedo preguntarte algo yo ahora? – pronunció un chico del fondo.
- Tú eres… - cogí la lista e intenté adivinarlo, pero no quise mojarme. Él me contestó antes.
- Máximo, pero prefiero que me llamen Max.
- Ah, ya. Máximo Noriega – dije cuando lo localicé en la lista. - ¿Qué tipo de pregunta es?
- Nada extravagante – me contestó serio. La chica de su lado reía.
- A ver si vamos a estropear el primer día – avisé medio riendo para no parecer amenazadora.
- No, no, tranquila. Es que estábamos diciendo que te vemos muy joven para ser nuestra profesora. ¿Cuántos años tienes?
- Te responderé, aunque no encuentro que sea una pregunta demasiado adecuada para hacerme, teniendo en cuenta que prácticamente no nos conocemos.
- Precisamente por eso, para conocernos te he preguntado la edad – respondió.
- Pues la edad precisamente no tendría que ser lo primero que preguntaras. Tengo veinticinco años, y los llevo muy bien, pero si no los llevara muy bien ya habrías conseguido que te tuviera entre ceja y ceja – sonreí.- ¿Qué año nacisteis vosotros?
- El 95 – dijo la chica de al lado de Max.
- Vaya, qué rápido pasa el tiempo – solté. Miré el reloj. – Tan rápido que ya podéis recoger. Nos vemos el lunes. Que tengáis un buen fin de semana.

Recogí las circulares que habían sobrado y me las llevé a la sala de profesores. Volví para cerrar el aula, que supuse que ya estaría vacía, y me encontré a una chica morena que salía. Me habría gustado responderle “adiós” y su nombre como respuesta a su “adiós, Eva”. Me iba a costar lo mío aprendérmelos.

- ¡Eva! – gritó Samuel cuando estaba cerrando la clase.
- Hombre, ¿qué tal? – le dije.
- Pues normal. Los que no somos tutores hoy tampoco hacemos nada con los chavales… Así que, pasando el rato. ¿A ti cómo te ha ido?
- La verdad, supongo que bien.
- ¿Cómo que supones?
- Es que estaban todos muy callados. Me esperaba que estuviesen hablando sin parar… no sé, acaban de llegar de vacaciones, tendrán cosas que contarse, digo yo.
- Pues sí, es extraño. Pero bueno mejor para ti, ¿no? Vamos a tomar un cafelito.

Dos del mediodía: sonó el último timbre. A y cinco ya estaba fuera. Un Audi estaba en la carretera de delante de la puerta. EL Audi. Entonces recordé su mensaje: “Bueno, como quieras. ¿El chico que te acompaña es el famoso Hugo? Mañana me pasaré por tu colegio. Beso.” Dudé si acercarme o hacer ver que no lo había visto, pero reparé en que mi preciosa Escuti estaba justo delante de él. Me acerqué disimulando, y cuando estaba sacando el casco del asiento noté cómo bajaba la ventanilla. Psst, psst. Me tuve que girar.

- Venga, no disimules más, ¿quieres? – se rió. – Lo haces fatal, que lo sepas.
- ¿Qué haces aquí?
- Te lo envié por mensaje.
- ¿Pero por qué has venido? – puse mi bolso dentro del asiento.
- Vaya, ¿tanto me has echado de menos?
- Me tengo que ir.
- Oye, oye. No te vayas así. Antes de irte quiero que me digas por qué me estás hablando de esta manera últimamente.  ¿A caso te he hecho algo? Creo que todo ha ido bien, ¿no? Creo que la única vez que te enfurruñaste fue cuando me llevé tu moto sin que te lo dijera. Pero ya está.
- Déjalo.
- No lo dejo – bajó del coche. - ¿Me lo explicas?

Se acercó lo suficiente a mí como para que pudiera oler su perfume. O su desodorante. Lo que fuera. Ese olor podía conmigo. Se aproximó lentamente a mí, de una manera casi imperceptible, y yo lo miraba embobada. Llegó a cogerme la mano sin que me enterara, y fue gracias a Samuel que desperté.

lunes, 2 de mayo de 2011

6 - Vuelta al cole

Siete de la mañana. El despertador sonó demasiado fuerte y me desperté de un salto. Hugo alargó su mano para tranquilizarme y yo se la cogí. Me vestí, me peiné, me puse el desodorante, la colonia, los zapatos, desayuné, me lavé los dientes, cogí las llaves y salí. A las siete y cuarto, por más imposible que parezca, estaba en la calle. Es lo que pasa cuando estás nervioso, que todo lo haces a la velocidad de la luz y te da tiempo hasta de contar cuántas partículas de polvo están flotando por delante de tu cara. Cuando salí a la calle recordé algo que no tendría que haber olvidado.

- Hugo, ya estás vistiéndote y saliendo en menos de cinco minutos – amenacé. – Sí, sí, ya puedes ir lamentándote… ¡venga! No quiero llegar tarde, ¿me oyes? Que no, joder ponte unos zapatos y llévame en pijama, qué más da. Pues otro día te lo piensas mejor. Venga – colgué.

Afortunadamente solo tardó cinco minutos, y eso me salvó de llegar tarde. Llegué a las ocho menos cinco, por lo que no me sobraba el tiempo pero tampoco me faltaba. Le di un beso fugaz a Hugo y salí corriendo hacia la puerta principal. Como acto reflejó busqué que mi preciosa Escuti estuviera allí, y cuando la hube localizado me tranquilicé. Llamé al timbre.

- Hola, buenos días. ¿Todo bien? – me dijo el conserje, cuyo nombre ya sabía.
- Pues podría haber empezado mejor el día, Antonio. Pero se va a hacer lo que se pueda.
- No sufras, mujer. Seguro que irá todo bien. Además tan solo los verás media   hora, como mucho una hora – me guiñó un ojo.
- Me salvará eso – sonreí y me fui hacia la sala de profesores.
Al entrar los encontré demasiado alterados, y eso me estresó sobremanera. Había creído que sería la única que estaría nerviosa y que ellos me podrían tranquilizar, pero rápidamente vi que allí cada uno estaba pendiente de lo suyo y que mejor no incordiar. Los cafés iban de allí para allá, la mesa estaba más desordenada que nunca, y solo Carlos permanecía sentado.

- A ver, repasemos, Eva – me dijo Salomé. – A las nueve llegan todos, tanto los de primaria como los de Eso y Bachillerato. A las nueve y cinco iremos a tu tutoría y te presentaré. Entonces me iré y pasarás lista, darás los horarios y todas las circulares que te di ayer y a las diez, diez y media podrán marchar.
- Todo claro – dije.
- De acuerdo, entonces no hay nada más que deba decirte…

Cuando sonó la campana que marcaba las nueve empecé a temblar. Ya un poco antes comencé a notar un frío extraño y las manos me empezaron a sudar, pero hasta que no obtuve la señal que marcaba lo obvio no temblé. Algunos profesores salieron al pasillo para ver todas las caras y poder reír un rato. Yo me quedé dentro de la sala con los otros, en silencio, para escuchar el jaleo que aquellos adolescentes estaban armando. Entonces escuché una chica que preguntaba tímidamente: “¿es verdad que hay una profesora nueva?”. Me quedé tiesa. ¿Cómo lo sabían?

- Venga, Eva – anunció Salomé cuando entró de nuevo a la sala. – Dame algunas circulares que te ayudo.
- Gracias – fue todo lo que pude vocalizar.
- No sufras. En el fondo son buena gente. Solo hay que rascar en algunos y cavar un pozo en otros… - soltó una carcajada. – No, mujer. Era broma.

Me había tocado la tutoría de 1º de Bachillerato Biosanitario – Tecnológico. Cuando llegué a la puerta, que permanecía abierta, escuché muchas voces hablando alto, muy alto. En cuanto entré todos callaron.

- Buenos días, chicos – saludó Salomé. – Sé que estáis bastante alterados pero necesito que me atendáis un ratito – dejó las circulares encima de la mesa del profesor y me indicó que hiciera lo mismo.- Como todos supisteis el año pasado, Teresa se jubiló. Bueno, cuando digo “todos” ya me entendéis, los que sois nuevos obviamente no lo sabíais. Pero vaya que no viene al caso. Lo que sí nos interesa es que se fue Teresa y ha llegado Eva. Ella será vuestra tutora durante este año, así que espero que la tratéis como se merece, que si alguien os tiene que defender alguna vez será ella. ¿Entendido? – nadie contestó. – Bien, pues ahora os dejo con ella. Que tengáis un buen día.

Se fue. Me guiñó un ojo y se fue. Y yo me quedé más sola que la una, como un perro abandonado, con ojitos de pena esperando que alguien viniera a buscarme. ¿Cómo había llegado hasta allí? De pronto me encontré delante de treinta y dos adolescentes que me miraban como mirarían a un mono en el zoológico. Solo les faltaba darme comida y hacerme fotos.

- B-bien… como ya ha d-dicho Salomé… me llamo Eva – carraspeé un poco para darme fuerzas como fuera. – Voy a pasar lista y… y así os empezaré a conocer…

Ni yo me creí que empezaría a conocerlos por el simple hecho de pasar lista. Cuando llegué al número treinta y dos ya no me acordaba de cómo se llamaba el uno, ni tan siquiera el veintinueve.
Todos continuaban callados mirándome atentamente.

- Mirad, os reparto unas circulares que me han dicho que os dé. Son para que informéis a vuestros padres de cuándo recibirán el recibo de este mes y qué libros de lectura se han cargado de momento – empezó a haber un poquito de charla por el final de la clase, lo cual me alegró. – Luego hay esta – la enseñé – donde tendréis que facilitarnos los datos de vuestros padres para que si se les tiene que avisar o decir algo podamos hacerlo. – Cuando llegué al final de la clase para dar la última circular pregunté si todos tenían tres circulares, y contestaron con un tímido “sí”. – Bien, entonces os dicto los horarios, si os parece.

Me pareció demasiado arriesgado decir “si os parece”, pero esos chicos aparentaban estar en otra dimensión. Quizá es que había visto muchas películas con clases hiperactivas y llenas de gamberros que se drogan y atracan a sus vecinos, pero esperaba encontrarme unos alumnos más… ¿habladores?, ¿activos?, ¿despiertos?
Todos sacaron una libreta y un boli y se limitaron a copiar lo que yo les decía.
A las nueve y media ya lo había dicho todo, y parecía que ellos también.

- Bueno… y… ¿qué tal os ha ido el verano? – quise preguntar para romper el hielo.
- Bien… - contestaron entre todos.
- ¿Cuántos nuevos hay? A ver, levantad el brazo…

Diecisiete. De treinta y dos, diecisiete eran nuevos. Bonita estadística, quizá por eso estaban tan callados.

jueves, 28 de abril de 2011

5.2 - Coche de juguete

- ¿Qué, lo coges tú? – me dijo sonriendo.
- Sí… - alargué el brazo y descolgué el teléfono. - ¿Sí?
- ¿Eva?
- Sí, soy yo – miré a Hugo fijamente.
- ¡Hola! Soy Samuel, ¿molesto?, ¿hacías algo importante?
- ¡Ah! ¡Samuel! No, no qué va – me sentí aliviada.
- ¿Esperabas otra llamada o algo?
- No, no, tranquilo – tapé el teléfono y susurré a Hugo que se trataba de un profesor del colegio. Se fue a preparar algo ligero para cenar. - ¿Pasa algo, Samuel?
- Ah, no, no. Simplemente quería desearte suerte para mañana. Es que los viernes entro a las diez, y como será tu primer día, pues…
- Ay muchas gracias, de verdad… - me desconcertó un poco a la vez que me agradó su detalle.
- Es que hoy has marchado tan rápido que no he podido decírtelo en persona, y he pensado que te haría gracia que te llamara – suspiró.- Además me gustaría contarte una cosa…
- Claro, dime - me tranquilicé al ver que realmente esa llamada tenía un porqué.

De fondo se oía la voz de un niño emitiendo sonidos extraños que, según me acabó comentando Samuel, se trataba de Alberto jugando con un coche de juguete. Me explicó que Carla le había vuelto a llamar, y que lo había invitado a la boda. Después de estar balbuceando un buen rato sin que pudiera enterarme de lo que me quería decir, le pedí que se tranquilizara y que intentara aclarar sus ideas, que respirara y que entonces me contara, sin prisas, lo que le ocurría.

Carla se iba a casar en dos meses, y quería que Alberto estuviera en la boda. Eso significaba que alguien tenía que acompañarlo, porque a ella no le gustaría tener que estar todo el rato pendiente de lo que hacía su hijo. La abuela paterna quedaba totalmente descartada porque “ella no haría nada por esa mujer que ha desgraciado la vida de su hijo”, y con la materna tampoco se podía contar, ya que se quería desentender de todo lo que tuviera que ver con “el otro” y, eso, obviamente, incluía a Alberto. Solo quedaba Samuel como posible acompañante, pero sus sentimientos lo hacían demasiado vulnerable para poder pensar con claridad.

- ¿Qué puedo hacer? Yo no quiero ir a esa boda, ¿sabes lo que me supondría verla casarse con otro tío? Y es que estoy seguro de que lo hace para joderme. ¡Si no quiere el niño! ¿Por qué coño ahora lo quiere en la boda?
- ¿Cómo que no quiere el niño?
- No tenemos la custodia compartida. El niño lo tengo yo y, ella, cuando se acuerda, decide que le viene a dar unas chuches. Que a mí eso ya me va bien¿eh? Que así no la veo mucho. Pero si no se ha interesado en tenerlo ni siquiera unos días al mes, pues qué quieres que te diga, ¿por qué lo va a querer en su boda?
- Bueno, no lo sé… - no tenía argumentos ni tampoco quería buscarlos.
- Si lo que quiere es vivir la vida sin tener ninguna responsabilidad de este tipo, pues genial, que viva la vida. ¿Pero entonces qué pinta el niño en la boda? Es que no lo entiendo, te lo juro que no lo entiendo. Lo hace para joder. Seguro.
- ¿Y todo esto que me dices a mí se lo has dicho?
- Eh… más o menos – susurró.
- ¿"Más o menos" qué quiere decir?






Cenamos. Hugo había preparado una ensalada (que era lo único que aceptaba cocinar y que se le daba bien hacer), y eso iba a ser todo lo que comería esa noche. Cuando me senté me observó atentamente, casi sin parpadear. A mí me entró la risa al ver su cara de concentrado y, él, intentando que no se le contagiara, aguantó su mirada penetrante.

- ¿Qué haces? – le dije medio riendo, medio comiendo.
- ¿Qué quería ese “profesor”? – subió las cejas.
- ¿Estás celoso? – quise picarlo.
- ¿Me respondes?
- ¿Y si no lo hago?
- ¿Por qué me respondes con preguntas?
- ¿Te pongo nervioso? – pregunté a propósito para chinchar, riendo cada vez más.
- Huy, si tú supieras todo lo nervioso que me pones… no podrías salir de esta habitación… - apretó los labios y me miró insinuante.
- ¿Estás intentando algo con eso? - me mostré impasible.
- No te hagas la tonta… Ambos sabemos que te mueres por mí y por este cuerpo que Dios me ha dado y que yo he trabajado… - empezó a pasar la mano por su torso intentando parecer sensual y gracioso a la vez.
- Sabes que sí… pero ahora mismo estás haciendo un poco el pena… - solté una carcajada.
- Mira que eres cruel conmigo. Pues ahora te quito la ensalada tan fantástica    que con mucho amor te he preparado, ¡y a ver qué comes!
- Claaro… como yo no sé cocinar, ¿verdad?
- Te odio - levantó la barbilla y cerró los ojos.
- ¡Eh! ¿Pero ahora qué he hecho? – fruncí el ceño un poquito a la vez que reía.
- ¡Que no me has respondido qué quería el profesor!

sábado, 23 de abril de 2011

5.1 - Mensajes

- Hola, cariño – me dijo cuando subí.- ¿Cómo ha ido?
- Muy bien – le di un beso. – Adiós Escuti – le dije a la moto cuando pasamos por delante. - ¿Cómo es que me has venido a buscar?
- Quería darte una sorpresa. Vamos a comer por ahí, ¿quieres?
- ¡Claro! ¿Cómo no voy a querer?

Pasé toda la vuelta hablando y hablando sobre los profesores, quiénes y cómo eran, qué hacía cada uno, qué pasaba en la sala, lo nerviosa que estaba por tener que empezar al día siguiente… Él simplemente me miraba y reía, y eso a mí ya me parecía bien.
Paró el coche y bajamos delante de un restaurante del centro que yo no conocía. Él, seguro de lo que hacía, entró el primero y saludó al chico que había en la entrada.

- Buenos días, si me acompañan, por favor…
- ¿Pero dónde me has llevado? – susurré.
- Bah, no es nada… ¿verdad Arturo?
- Verdad, verdad – dijo el camarero que nos llevaba hacia la mesa. – “No es nada” para vosotros, que si fuerais otros no habríais entrado vestidos así… - miré cómo iba vestida un poco ofendida por su comentario. – Que no vais mal, ¿eh? Pero aquí se va de otro estilo… más arreglado, ya sabes.
- Ya, ya…
- Gracias, Arturo – dijo Hugo cuando llegamos a la mesa.


Estábamos en una sala separada del comedor principal, demasiado elegante para nosotros, aunque menos cargada de decoraciones que la principal. Mientras comíamos Hugo intentaba analizar mis gestos para averiguar si me había gustado o no la sorpresa. La verdad es que me habría gustado mucho si no hubiera sido porque había visto a Neo en el comedor principal. Al verle giré la cara rápidamente, pero sabía que él también se había percatado de mi presencia. Cuando Arturo nos hizo entrar en la sala suspiré: por lo menos no tendría que soportar la presión de tenerle ahí, pero no todo podía ser buena suerte, ya que me envió un SMS en el que decía: “No hagas ver que no me has visto, ¿qué haces en este restaurante?”.
No le contesté, y a los cinco minutos recibí otro: “¿Ahora no me respondes? Ni que mantuviéramos una relación secreta.” Noté cómo Hugo se ponía nervioso, y debo reconocer que yo también lo estaba.

- ¿Quién te envía tantos mensajes? – me preguntó.
- Ah, nadie... Es publicidad… - y continué comiendo.

“Bueno, como quieras. ¿El chico que te acompaña es el famoso Hugo? Mañana me pasaré por tu colegio. Beso.” Un tercer mensaje no colaba como mensaje de publicidad, pero no preguntó nada. Me sentí realmente mal, y la tarde fue empeorando por momentos. Al volver no nos dijimos nada. Entramos en casa, se sentó en el sofá, abrió la televisión y yo me estiré en la cama. Me puse a llorar, y después me dormí.

- Amor… - algo me sacudía. – AMOR…
- ¿Eh? – abrí los ojos. - ¿Qué?
- Lo siento, cariño, pero es que ya llevas tres horas durmiendo y luego no te podrás dormir por la noche… Son las ocho y cuarto – se sentó al borde de la cama, a mi lado.
- Ah, gracias… - me estiré un poco.
- Por cierto, hará una hora o así ha llamado un chico. No te he dicho nada porque me ha sabido mal despertarte. Ha dicho que volverá a llamar, pero no me ha dicho su nombre.
- Ah – mi corazón empezó a latir salvajemente.
- ¿No esperabas que nadie te llamara ni nada?
- Pues que yo recuerde… no – disimulé un poco los nervios.
- Bueno, pues resolveremos este misterio cuando vuelva a llamar – sonrió.

En ese momento me di cuenta de que no se había enfadado ni se pensaba cosas raras sobre mí. Me avergoncé bastante al ver que yo sola me montaba películas para no dormir. Le di un beso, me lo devolvió. Entonces sonó el teléfono. Pum, pum. Pum, pum. Pum, pum.

lunes, 18 de abril de 2011

5 - Samuel

- ¿Sabes qué me ha pasado esta mañana? – cerró el libro de golpe.
- ¿Qué? – me despertó la curiosidad.
- Me ha llamado Carla. Que se vuelve a casar, me ha dicho – volvió a abrir el libro y lo cerró rápidamente. Levantó la cara y me miró fijamente. - ¿Tú te crees? ¡Pero si a penas ha pasado un año y medio! ¡Y se casa otra vez!

Samuel, un chico apuesto, simpático, que cuando hablaba impresionaba por su voz masculina, y que además imponía por su forma de pronunciar las palabras. Un chico con tanto potencial derrochado por culpa de su ex mujer. En el desayuno del miércoles me había contado que la había encontrado manteniendo relaciones sexuales con un vecino en su cama, y que entonces él le pidió el divorcio. Mientras me lo explicaba se puso a llorar y acabó confesándome que dudaba hasta que su hijo fuera suyo, y que eso nunca se lo había dicho a nadie. Me levanté y me senté a su lado, ya que estábamos uno enfrente del otro, para darle un abrazo. Recuerdo que ese día tuve envidia de su capacidad para confiar en la gente, aunque seguramente otras veces eso le habría causado problemas. Cuando aceptó mi abrazo empezó a llorar con más intensidad, y entre sollozos entendí que aún la quería, pero que no era buena para él ni para Alberto, su hijo.

Siempre había creído que esas historias solo ocurrían en los culebrones como Frijolito o Pasión de Gavilanes, pero entonces me di cuenta de que estos se tenían que basar en algo real.

- Bueno Samuel, pues será peor para su marido. Tienes que mirar hacia delante, ella ya es el pasado… piensa en Alberto, ¿no crees? – le dije flojito, ya que los otros profesores estaban por allí y no quería que me oyeran. Noté que todos se habían callado, ya que seguramente estarían intentando captar algo de nuestra conversación.
- Alberto yo creo que no se da cuenta de nada.
- Yo no lo creo… los niños se enteran mucho más de lo que crees. Venga, cielo,  si se va a casar de nuevo pues le das la enhorabuena y que sea feliz. Tú debes recorrer otro camino.
- Si tienes razón, pero me cuesta mucho…
- Pues poco a poco – le di un golpecito en el hombro y me serví un café. - ¿Quieres?
- No, gracias. Ya estoy demasiado nervioso.

La mañana transcurrió tranquila. No había mucho diálogo entre el profesorado, seguramente porque estábamos demasiado nerviosos o porque no queríamos que llegara el viernes.

- ¡Ya podríamos empezar el lunes! – dijo Pepe, el de química, cuando     bajábamos las escaleras para irnos a casa.
- Pues sí Pepe, pero va a ser que no – respondió Lorena. – Ahora solo nos queda desear que los chicos vengan tranquilos…
- Para eso vosotros los latinos tenéis una frase, ¿no? ¿Cómo era? – bromeó Salomé.
- ¿Alea jacta est? ¿Te refieres a esa? – contestó Lorena.
- ¡Sí! ¡Esa!
- Bueno, podría ser una interpretación, sí…
- Nos vemos mañana, señores – dije cuando llegamos a la puerta.
- Si que te despides deprisa, ¿no? – se extrañó Javi.
- Es que hoy me vienen a buscar… - sonreí.
- Bueno pero siempre te vienen a buscar, ¿no? – continuó preguntando.
- ¡Pero pobre chica! Deja de hacerle preguntas hombre, que haga lo que quiera – saltó Ana.
- No pasa nada, mujer – me reí. – Es que hoy me viene a buscar mi novio.
- ¿Y el de los otros días quién era entonces? Porque yo me pensé que era tu novio… - se interesó Carlos.
- Un amigo – respondí algo seca.
- Un amigo, ¿eh?... ¡Pues qué buenos amigos que tienes! ¡Anda, chica, ve! No te entrenemos más… ¡descansa mucho!

Teóricamente tendría que haber vuelto sola en moto, pero Hugo me envió un mensaje a media mañana diciéndome que le hacía gracia venir a recogerme. Eso significaba que mi moto se quedaría allí y, por lo tanto, se comprometió a llevarme el viernes por la mañana al colegio. Miré la carretera, y me sorprendí buscando un Audi. Un Renault Mégane tocó el claxon desde la otra acera. Allí estaba Hugo.